Prefacio

En la trayectoria de nuestros viajes por Puerto Rico, mi esposo y yo nos hemos regocijados con el verdor de sus montes, su resplandeciente arboleda cargada de flores, sus mangos que pueden ser recogidos libremente, la dulce tela de coco, la densidad tropical de El Yunque, las tibias aguas del mar Caribe y su temperatura que permanece en los 80 grados por casi todo el año.

Vivimos cantidad de experiencias gratas en la Isla, mientras acampábamos con nuestra Chevrolet van en la residencia de nuestras amistades. En la comunidad de terrenos rescatados de Villa Sin Miedo, en el traspatio del hogar del obispo Episcopal en Saint Just y varios otros. Pero lo más emocionante de todo fue nuestro encuentro con activistas en el movimiento independentista. Según se corría la voz de nuestra amistad con el gran patriota Pedro Albizu Campos, las puertas se nos abrían por todo Puerto Rico. María Teresa Babín, al obsequiarnos con un ejemplar de su antología de literatura puertorriqueña, inscribió en la misma: "Con amistad a primera vista." Ese fue el espíritu que nosotros encontramos dondequiera que íbamos.

Algunos, entre el calidoscopio de recuerdos retratados en nuestra memoria, lo fueron: la vigilia con los padres de Carlos Noya para su hijo, una de las víctimas del Gran Jurado Federal; un viaje en jeep por las montañas de Adjuntas; la hospitalidad en las fincas de Ché y Rosa Negrón y de Irma y Guillermo de Jesús; la solemne procesión con coronas de flores desde la Catedral hasta el cementerio en Ponce, en honor a los que cayeron en la Masacre de Ponce; estrechar las manos con Juan Antonio Corretjer en la vigilia frente a la Guardia Nacional en protesa de la participación de esta en la maniobras militares de los Estados Unidos en Honduras.

Las tristes palabras de Juan Mari Bras, "Me mataron mi hijo. ¿Qué más pueden hacerme?"; la valerosa y visionaria dirección de Villa Sin Miedo mientras se esforzaban por lograr su independencia económica; Carlos Zenón, hombre de hablar pasivo, cuando habló de continuar pescando en aguas de Vieques, a pesar de las advertencias de la Marina de estar en prácticas de bombardeo; un servicio Episcopal en el patio de la Iglesia después que el Padre Pedro fue desalojado de la misma; la celebración a un año después en su propia Iglesia Episcopal del Pueblo; y nuestro muy servicial chófer, Ñin Negrón.

Estas eran las personas sobre las cuales yo quería escribir. A medida que iba entrevistando a independentistas encontré, además de una riqueza de historia oral, eventos significantes de la lucha por la autodeterminación. Los problemas que se viven en un régimen colonial, y una amplia gama de opiniones políticas.

Mi esposo y yo conocimos puertorriqueños de un extremo al otro del espectro político de la Isla—desde revolucionarios hasta los que creen en no-violencia; desde músicos hasta poetas, profesores, abogados, trabajadores religiosos y líderes políticos. Conocimos mucha gente que han sufrido años de encarcelamiento. Conocimos algunos que han cometido actos de violencia. En mi rol de reportera, no he pasado juicio sobre persona alguna. Pese a nuestro compromiso personal con la no-violencia, mi esposo y yo reconocemos las frustraciones de un pueblo tratando de librarse a sí mismo de un potente poder militar. Nosotros sólo tenemos que mirar en retrospección hacia atrás, a nuestro propio patrimonio de lucha revolucionaria por la independencia. Aun estando en desacuerdo con el abanderado militarismo de nuestro himno nacional, puedo confesar que me siento muy emocionada ante el canto de "La Borinqueña" y el despliegue de la bandera de Puerto Rico. Para lograr la independencia, parece que es necesario pasar por una etapa de auto-realización y orgullo nacional.

Nosotros, por supuesto, fuimos a Puerto Rico firmemente convencidos de la inmoralidad de nuestra nación al mantener una colonia sojuzgada pese a un acuerdo total con la declaración de las Naciones Unidas de que todos los pueblos tienen el derecho a la autodeterminación. Nos entrevistamos con distintas personas que abogan por la estadidad y otros que están satisfechos con el estado presente. Estábamos conscientes de que en plebiscitos anteriores, sólo una pequeña minoría se manifiestó en favor de la independencia. Nuestras trece colonias tampoco contaron con apoyo mayoritario en favor de la independencia. Nosotros también entendemos el profundo temor psicológico de un pueblo cuyo dominio ha estado bajo régimen colonial por quinientos años. Es muy difícil superar el sentido de incapacidad y auto-negación debido a su dependencia de mantenimiento público de los Estados Unidos. A nuestro alrededor, pudimos ver la persecución, acosamiento y encarcelamiento de aquellos que se unen a la lucha en favor de la independencia.

No es nuestra misión decirles a los puertorriqueños qué métodos deben usar para lograr su liberación, sino más bien hacer un llamado a la comunidad mundial—promotores de paz dentro y fuera de las iglesias, todos aquellos que favorecen la justicia—a que ayuden a encontrar una solución pacífica a la situación puertorriqueña antes de que ocurra más violencia.

Pude captar la fuerza de un movimiento independentista de la Isla, no en números sino en la profunda convicción, y el coraje de las personas a quienes entrevisté, y su disposición para confrontar infortunios y dejarse oír sin importarles las consecuencias. De su calibre hay cientos más.

Por este medio, presento a mis lectores algunos de esos seres valerosos y dedicados que llegué a conocer y a amar: voces resonando alto y claramente en favor de la independencia, en el espíritu de valor y sacrificio.

—Jean Zwickel
Pittsburg, California
October, 1988